“Esta mañana, las autoridades municipales decidieron mover una pieza. Le pidieron al concejal Carlos Arnedo que deje su lugar en el Concejo Deliberante y se traslade a la sede de Lavalle y 9 de Julio para asumir nuevas responsabilidades dentro del municipio. Entre ellas, una que pesa más que cualquier otra: hacerse cargo del transporte público de pasajeros”, señaló Federico van Mameren en su editorial de Panorama Tucumano.
El conductor del programa de LG Play enfatizó que el transporte público es, quizás, una de las deudas más persistentes de la política tucumana. Una deuda que no distingue gestiones ni signos partidarios: alcanza al Gobierno provincial, a los intendentes de la capital y a los concejales que, durante años, fueron parte de decisiones —o de omisiones— que nunca lograron revertir el problema. Han pasado numerosas administraciones y ninguna pudo siquiera atenuarlo.
Los cambios de nombres, es cierto, suelen traer algo de aire. Oxigenan. Sugieren la posibilidad de un nuevo comienzo. Pero también invitan a una pregunta inevitable: ¿alcanza con cambiar personas cuando lo que falta es una política?
Porque el transporte urbano de pasajeros en Tucumán arrastra un déficit estructural: jamás fue pensado como una política pública sostenida en el tiempo. En los últimos 30 años, ningún intendente asumió con la decisión firme de transformar el sistema. Hubo medidas aisladas, subsidios que aparecieron y desaparecieron, aumentos de fondos que no se tradujeron en mejoras. Más dinero, sí. Mejores servicios, no.
El resultado es visible y cotidiano: frecuencias cada vez más irregulares, viajes más incómodos, usuarios que dependen de un sistema que no responde. Y, sin embargo, la discusión sigue atrapada en el mismo punto de siempre. ¿Cuánta plata falta hoy? Nunca cuál es el plan para que, dentro de una década, el transporte funcione mejor.
En ese recorrido, todos los actores han tenido voz: choferes, empresarios, funcionarios. Han pasado por estudios, mesas de diálogo, promesas de acuerdos. Pero el consenso real nunca llegó. El diálogo, tantas veces invocado como salida, quedó en palabras.
Lo que prevalece es otra lógica: la de los intereses sectoriales, la urgencia económica inmediata, la falta de una mirada que priorice al usuario. Y así, el sistema sigue girando en un círculo de parches, tensiones y frustraciones acumuladas.